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LA TRISTEZA DE LOS MONSTRUOS ES LA DE SABERSE EN LA SOLEDAD DE SER ÚNICOS E IRREPETIBLES. En la desolación que impregna los cuentos breves que conforman Cosas tristes para gente triste (2024), podemos percibir el dolor de las creaciones que nacen de aquella monstruosidad. Los relatos de Silvia y Sofía Santaolalla, acompañados por la belleza siniestra de las ilustraciones de Paloma Muy Kuay Nicolai Lee, nos inducen a ser cómplices de la intimidad de seres marginales emparentados con lo primitivo y lo animal. Engendros que ostentan el horror corporal como única posibilidad de dar voz a lo innombrable, anclando su identidad en rarezas anatómicas tales como colas vestigiales, transformaciones licántropas o la viscosidad verdosa y anfibia de una criatura que desde la soledad de su tanque solo desea conocer el amor; como ocurre con la entrañable extrañeza de ficciones como Rabo, 129 y 0023. Se trata de una galería de personajes que a través de lo anómalo y lo grotesco hacen frente a una sociedad que tiende a censurar todo aquello que evidencia la fragilidad de lo que conocemos como normalidad.
De acuerdo con Julia Kristeva (Poderes de la perversión, 1981), etimológicamente, lo abyecto es lo rechazado y lo expulsado. Hablamos de cuestiones que nos acercan a lo orgánico y lo corporal, desafiando los límites de lo aceptable. La abyección es monstruosa y atrayente a la vez, ahí radica su fascinante ambivalencia. El brillo de su perversidad y goce trasgresor lo podemos ver reflejado en las adolescentes de cuentos como Ariel o Noa, quienes buscan un remedio definitivo para su agonía existencial, liberando los nervios y los fluidos que palpitan bajo la piel con el filo de las tijeras o los cuchillos. Por otra parte, Mercado o La carnicería del tío Alberto, nos zambuten una probada de la crudeza y el sabor acre del terror por la deshumanización de los cuerpos, despojados de su dignidad e incluso presentados como mercancía. En cuanto a la temática de ofrendar la carne para satisfacer la crueldad de algunas demandas amorosas, encontramos la desgarradora historia de Catalina, quién sucumbe bajo la sombra ominosa de la figura materna; así como el nostálgico y pandémico Finales del 2020, con la belleza voraz de la misteriosa mujer pájaro.

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A propósito de resaltar la maravillosa excentricidad que aguarda en las páginas de Cosas tristes para gente triste, he dejado para el final un comentario acerca de Parásito, microficción que nos remite a lo amniótico y lo placentario. Dicho relato nos lleva a reflexionar acerca del sentimiento que transmite el arte de la fantástica portada del libro, que presenta un óvulo fecundado en fase de meiosis. Se trata de una colección de diez cuentos nacidos de un lenguaje secreto y gemelar, la mitad de ellos escritos por Silvia y la otra por Sofía. ¿Qué cuentos ha escrito cada autora? Lanzando un reto muy especial a los lectores, al recordarles que la figura del monstruo pone en jaque la idea de normalidad, pero también puede llevarnos a terrenos de lo extraordinario, ellas han decidido guardar silencio al respecto. Tenemos ante nosotros una obra de escritura siamesa, en la que las hermanas Santaolalla nos abren las capas de un universo oscuro y fascinante, plagado de referencias a lo insólito de explorar las complejidades de la vida, escribiendo a cuatro manos y compartiendo una sensibilidad tan particular, que parece brotar de un solo corazón.